Poemas de José Jacinto Milanés

3.00

Número de serie: Poesía 103
ISBN ebook: 9788498978568
ISBN papel: 9788496290129
Páginas: 80
Portada: Shibata Zeshin: Montaña y casas
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Descripción

Los Poemas de José Jacinto Milanés muestran su espíritu melancólico y reflejan los altibajos de sus continuas depresiones.
Milanés fue más que un poeta maldito un poeta maldecido por sus propias angustias y su extremo romanticismo visible en sus poemas.

 

Fragmento de la obra

REQUIESCAT IN PACE

I Yo la vi resplandeciente
En las filas del sarao,
Y la juzgué el vivo sueño
Del poeta enamorado.
El melancólico brillo
De un lucero solitario,
Y el místico Sol del aura
En torno de un campanario,
Eran la luz de sus ojos
Y el acento de sus labios.

Como los ángeles puros
Iba vestida de blanco:
Su mejilla fresca y roja
Como la flor del granado.
Sus amigas le reían:
Su madre en luengos abrazos
Devoraba a puros besos
Aquel su vivo retrato.

II ¡Pobre doncella! Dos soles
Después del baile bizarro,
Vagaba yo silencioso
En torno del camposanto
Cuando el quejido del hierro
Nueva tumba socavando,
Me hizo entrar. El hombre oscuro
Que cuida de sepultarnos,
Ya fríamente acostaba
En nuestro lecho de barro
Una beldad. Clavé en ella
Mi vista… ¡Oh Dios justo y santo!

¡Vi la rosada mejilla!
¡Conocí el vestido blanco!

LA MADRUGADA

Necio y digno de mil quejas
El que ronca sin decoro,
Cuando el Sol con rayo de oro
Da en las domésticas tejas.

¿Puede haber cosa más bella
Que de la arrugada cama
Saltar, y en la fresca grama
Del campo estampar la huella?

Campo digo; porque pierde
La mañana su sonrisa,
En no habiendo agreste brisa,
Mucho azul y mucho verde.

No hay que gozarla en ciudad:
En todo horizonte urbano
Se estaciona de antemano
Triste vaporosidad.

Luego ved tanto edificio
Alto serio… Angustia dan:
El alba, el Sol allí están
Como sacados de quicio.

No: yo he de andar a mis anchas
Una campiña florida,
Por ver del alba querida
La faz virgen y sin manchas:

Verla en oriente lucir
Diáfana, rosada, bella
Como una casta doncella
Que enamora al sonreír.

Yo no sé cómo hay cabeza
Tan interesada y fría,
Que no ame, al rayar el día,
La hermosa naturaleza.

Vedla rejuvenecerse,
Vedla rodar con el río,
Brillar pura en el rocío,
Con los árboles mecerse;

Arrastrada en el reptil,
Fiera y alzada en el bruto,
Dulce en el colgado fruto,
Risueña en la flor gentil.

¡Oh Dios! …allá en mis niñeces,
Antes de brotarme el bozo,
¡Con qué sencillo alborozo
Vine a ver esto mil veces!

Ya una errante mariposa
Con su matiz me atraía;
Ya olvidado me ponía
A contemplar una rosa.

Siempre alegre, ya se ve:
Nunca entonces cavilaba,
Ni mis cejas arrugaba
Algún triste no sé qué.

Después, como entré en más años
Y como vi una hermosura,
Tuve por triste locura,
Ver Sol, montes y rebaños.

¡Qué ingrato fui! —Pero bien
Se vengó Naturaleza:
Aquella ingrata belleza
Olvidóme con desdén.

Vertí un mar de llanto: el alma
No se me hallaba sin ella…
Al fin una amiga estrella
Dolióse y me puso en calma.

¡Oh, qué dolor tan agudo
Es olvidar! …Pero al cabo,
Rotos los grillos de esclavo
Curóme el médico mudo:

El tiempo, el tiempo veloz,
Que tiñe nuestras cabezas
De blanco, y tantas bellezas
Deja sin luz y sin voz.

De entonces acá me place
Ver la escena matutina
Segunda vez: —medicina
Celestial que me rehace…

Con todo, mis cicatrices
Se ensangrientan y suspiro
En donde quiera que miro
Dos amadores felices.

Y aun con menos ocasión:—
Si oigo el susurrar alterno
De dos palomas, en lo interno
Se me angustia el corazón.

Si en un ramo miro a solas
Dos aves cantar querellas,
Si relucir dos estrellas,
Si rodar dos mansas olas,

Si dos nubes enlazarse
Y por el éter perderse;
Si dos sendas una hacerse,
Si dos montes contemplarse;

Me paro, y con ansiedad
Recuerdo que a nadie adoro:
Miro tanto enlace y lloro
Mi continua soledad.

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