Recuerdos de un hacendado

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ISBN rústica: 9788498162400 SKU: 9788498978117 Categorías: , Etiquetas: , ,

Descripción

Recuerdos de un hacendado es un retrato de la vida de Godofredo Daireaux en su estancia en la Argentina del siglo XIX.

 

Fragmento de la obra

El mayordomo
Está vendida la estancia. Han venido a recibirse de ella dos hermanos, rubios, jóvenes, con muchas pecas en la cara, polainas en las piernas y gorrita de paño a cuadros en la cabeza.
Ellos son, al mismo tiempo, los dueños y administradores. Hablan español con mucho acento inglés, pero se hacen entender bien, por lo demás, hablan poco.
Al mayordomo viejo, un criollo nacido en ese mismo campo, cuando los indios todavía pegaban a menudo sus malones, y que ha plantado por su mano los sauces más viejos que dan a la casa su sombra, le han declarado que no necesitan sus servicios, y que, ya que se han contado las haciendas e inventariado el material, se puede él retirar con la familia, cuando guste.
No le han negado, hasta le han ofrecido algunos días para buscar su comodidad, y el viejo les ha dado las gracias.
Bien sabía él, hacía tiempo, que la estancia estaba vendida; que el patrón viejo había muerto que estaba medio embarullada la testamentaría y que los hijos no habían podido guardar esta propiedad. Pero, mientras iban desarrollándose con lentitud los mil trámites de ley, allá, en la ciudad, él seguía cuidando los intereses como siempre lo había hecho.
Un sueldito, una habitación pequeña, sus modestos gastos de vida pagados; si necesitaba cien pesos, jamás se los negaba el patrón, sobre todo que las cuentas nunca se arreglaban del todo. ¡Había tanta confianza entre el patrón y él! Él le decía «patrón», porque al fin la estancia era de él; pero habían sido compañeros siempre.
¡Cuántas veces habían ido juntos, cuando muchachos, a los apartes, a las hierras, a los bailes! Juntos habían disparado de los indios, en pelo, de noche, cruzando en sus parejeros, como relámpago, cañadones y lomas, huncales y bizcacherales. Habían vueltos junto a campear las haciendas desparramadas y a fortificar el rancho.
En aquel tiempo, no había más mesa que el fogón, con el asador parado, y cada cual, con el cuchillo, sacaba tajada.
Hombre de poca instrucción, sin más ambición que la de dejar al patrón contento, había vivido allí su vida, sin pensar en el porvenir. ¿Y para qué?, el patrón no lo había de dejar en la calle, ¿no es cierto? ¿Entonces?
Y había formado familia, y sus hijos, mozos ya, lo ayudaban en sus trabajos, sin pedir más, como en herencia propia.