Segunda parte de Vía Crucis

3.00

Book Information

Serie:Narrativa 30
ISBN ebook:9788490074237
ISBN papel:9788490077252
Portada:Ruinas del ingenio La Demajagua
Edición anotada:Emilio Bacardí Moreau
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Descripción

La Segunda parte de Vía Crucis narra el esplendor y la caída de los hacendados cafetaleros cubanos a través de una familia de inmigrantes. La historia se desarrolla durante el período revolucionario de 1868-1878, y muestra los infortunios de la sociedad cubana desde el grito de Yara hasta el Pacto del Zanjón.
Emilio Bacardí respiró el trasfondo histórico que expone en su obra y por tanto es un testimonio directo de lo que se vivió en aquella etapa de lucha independentista en la ciudad de Santiago de Cuba.
El narrador logra con eficaz sutileza retratos de personajes en consonancia con las situaciones y conflictos contextuales. Sin dejarse llevar por el apasionamiento, analiza el alma de sus protagonistas y describe la situación moral y material de Cuba durante la Guerra de los Diez Años. Emilio Bacardí interpreta la realidad histórica con la fría exactitud y precisión de un historiador y responde a las exigencias de la novela histórica contemporánea.
La novela fue reimpresa por Amalia Bacardí, Estados Unidos, 1970.

 

Fragmento de la obra

I
—¡Mi Señora de lo Dolore! ¡Virgen de la Caridá! —y deshecha en llanto, caído el pañuelo de la cabeza, al aire los mechones blancos de la corta, encrespada y enmarañada cabellera, lánzase Susana a la calle, echa a correr, torna a entrar, vuelve a salir, y batiendo el aire con los brazos, alborota la barriada, y da a conocer a la vecindad la desgracia que la agobia, exclamando a grandes gritos:
¡Mija se muere!
A las voces acuden solícitos los vecinos más cercanos, y la casa se ve invadida en un instante por una multitud que, sin distinción de clases, viene a prestar el auxilio que se le demanda.
¡Mija se muere! —repite Susana a los vecinos que acuden, y les dirige tropelosamente a la alcoba donde yacen, Margarita, cadáver en el lecho, y Magdalena, privada de conocimiento, tirada en el suelo.
¡Jesú! ¡Jesú! —prorrumpe a la vista de tal espectáculo, con acento andaluz, una mujer, dirigiéndose presurosa a la niña. Ya junto a ella, se agacha, le alza la cabeza, y agrega afanosa a una de las vecinas:
—¡Tómela usted por ahí! —indicándole que por los pies; y añade a otra:
—¡Ayúdeme por acá, por la cintura! Llevémosla fuera de aquí.
—¡Por acá, mi señora, por acá! —les balbucea Susana, entrecortada por los sollozos, encaminándolas a un cuartito que da al patio, y deprisa, tendiendo un catre, acomoda en él una almohada y hace depositar a Magdalena, que continúa exánime, sin dar señales de vida.
La buena mujer que había exclamado ¡Jesú! y dirigido la operación de llevar a Magdalena lejos del lugar en que yacía muerta su madre, se precipitó a su vez a un militar, su esposo, que, llegando en aquel instante, asomábase al aposento y echaba una ojeada al rígido cuerpo de Margarita, y le dijo:
—Francisco, corre, hijo, llama al asistente, y que vaya volando por un médico… ¡Ah! En tanto, tráeme la botella de aguardiente de caña —y, sin esperar respuesta, se precipitó de nuevo al lado de Magdalena, le desabrochó el corpiño y la aireó fuertemente con un pañuelo.
—¡Joseíllo! —se oyó gritar al llamado Francisco.
—¡Tráete acá la botella del aguardiente, y, volando, al primer doctor que encuentres, que venga!
Entregó a su mujer la botella pedida; vertió ésta un poco del líquido en el pañuelo y se puso a darle fricciones a la enferma en la frente, en las sienes, en las manos y en las sangraduras, tratando de reanimarla con aquello.

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