Soy, tengo y quiero

1.00

Book Information

Serie:Narrativa 12
ISBN ebook:9788498169188
ISBN papel:9788498163896
Páginas:26
Portada:Koloman Moser: Jarras, vasos y copas
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Descripción

Soy, tengo y quiero. Pedro Antonio de Alarcón

Edición de referencia: Madrid, Sucesores de Rivadeneyra, 1920.

 

Fragmento de la obra

I. LA MUSA
Yo gusto de los poetas que no tienen un cuarto.
De las niñas pálidas y bellas que montan sobre su nariz unos aristocráticos quevedos.
De las tardes de otoño si hubo tormenta por la mañana.
Y de una ópera de Bellini oída desde el paraíso del teatro Real.
Pues este paraíso, como todos los prometidos en las religiones de que me acuerdo, es el consuelo de los pobres.
Y las tardes de otoño recuerdan al hombre la muerte.
Y las niñas con anteojos son muy coquetas. Y la pobreza pone al genio en su carro de dios terrenal. Divinidad, coquetismo, muerte y consolación y demás cosas mencionadas que soy, tengo y quiero.

II. ALONSO ÍDEM
Alonso Alonso vive en Madrid.
Su musa (porque todo poeta tiene su musa, y Alonso Alonso es poeta) lo encontró un día en la calle de Fuencarral.
—Adiós, Alonso… —dijo la musa.
—Adiós, muchacha… —contestó él.
—¿Adónde vas?
—A cualquier parte.
—¿Qué tienes?
—Voy muy triste.
—¿Por qué?
—Porque me aborrezco.
—¡Siempre lo mismo!
—¡Hoy más que nunca! Vengo de estar solo en el Paseo del Prado entre dos o tres mil personas.
—¿En qué trabajas?
—En nada.
—¿Por qué!
—Porque no tengo dinero.
—Razón de más para que trabajes.
—No tengo tiempo.
—Pues ¿qué haces?
—Pensar en que no tengo dinero.
—Compón una comedia.
—¿Y entre tanto?
—¿Qué importa? Comerás o ayunarás tantas veces como ayunarías o comerías sin componerla.
—Pero ¿la comprarás tú luego?
—Yo no. ¡Harto hago con hallar quien compre las quisicosas que tú te desdeñas en escribir; como, por ejemplo, la historia de esta conversación, que escribirá cierto amigo tuyo. Pero, si tu comedia es buena, no faltará un teatro que la represente.
—Te equivocas, musa. Los empresarios me odian tanto como yo desprecio al público.
—¿Y por qué te odian los empresarios?
—Porque he sido crítico.
—¿Y por qué desprecias al público?
—Porque el público no desprecia a los empresarios.
—Haz un tomo de poesías…
—No las quiere de balde ningún editor, ni el pueblo las lee aunque le den dinero encima.
—¿Qué piensas, pues, hacer?
—¡Nada! He dedicado mi juventud a una carrera demasiado ilustre, a las bellas letras, y mi huéspeda conviene conmigo en que no produce la literatura lo bastante para comer; de lo cual me alegro, porque odio a los lectores y a mi huéspeda tanto como me aborrezco a mí propio.
—Entonces… solicita un destino.
—¡Seis mil pretendientes hay en Madrid esperando una vacante! Además, yo aborrezco también al Gobierno.
—En ese caso, escribe un periódico de oposición…
—¡No tengo opinión política, y aborrezco por igual a todos los partidos!…
—Forja tú uno nuevo…
—No me gusta mentir.
—Busca una novia rica y cásate…
—No puede ser.
—¿Por qué?
—Porque estoy enamorado de una mujer que no me amará nunca.
—¡Al fin amas algo! ¿Quién es ella?
—La marquesa de *** …
—¡Pobre Alonso! —exclamó la musa.
—¡Maldita sociedad! —exclamó Alonso—. Figúrate una mujer pálida, bellísima, de risa despreciativa, atrevido peinado y talle delicioso… Añade, para colmo de tortura, unos impertinentes quevedos sobre su nariz delicada; una cara que se levanta con osadía para mirar por los lentes; una mano fina que cae a lo largo del cuerpo; una mirada que nunca se fija, que todo lo desdeña… ¡Oh! Y el lacayo de esa mujer será acaso mi pariente, mi amigo… ¡Y esa mujer no puede ser mía! ¡Desesperación! Pues que ella no pertenece a la región de mis deseos, al mundo de mis esperanzas, ¿por qué hace gala ante mí de unos tesoros que no me ha de conceder?… ¡Tanto valiera enseñar pan a un mendigo y rehusárselo enseguida! ¡Ni pasión ni virtud reconozco en vos, señora marquesa!… ¡Tenéis mal corazón! ¡Dios os pedirá cuenta del mal que hacéis!
El joven calló: la musa meditó un momento y dijo con gravedad:
—¿Crees en el infierno, Alonso?
—No.
—Pues ahórcate.
—Lo pensaré.
Dijo, y se alejó hacia la Red de San Luis.
A poco se volvió para preguntar a la musa:
—¿Y tú, chica, crees en el infierno?
—Yo creo en ti —contestó la musa. Y le volvió la espalda.
Así hacemos todos con los poetas.
Y así viven, sienten y piensan casi todos los poetas hoy en día.
¡Y así anda la literatura!
Por lo cual, a esto que yo estoy escribiendo con sujeción al último figurín literario de Francia se le hace el honor de publicarlo en letras de molde…
¡Quién me lo dijera cuando estudiaba el Arte poética de Horacio!