Teatro de Alfonso Reyes

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Descripción

Teatro de Alfonso Reyes

 

Fragmento de la obra

La égloga de los ciegos

Como la encina visitada por la centella, así vio un día Croce al viejo Carducci, y así vi yo tras largos años de ausencia, al Maestro Rodrigo, enrojecido y flameado, pero ya con livideces
de muerte allá en los rincones de la cara.
—Y los nuevos poemas, Maestro? —me atreví a preguntarle.
—Ya no los acabaré nunca. Ni siquiera los escribo. ¿Para qué, silos rehago constantemente de memoria? ¿Conoces la fábula de Anquises? ¿No sabes que Anquises, al averiguar que se había enlazado nada menos que con Afrodita, temblaba de pavor? Porque esto se gana de frecuentar a los dioses: la esterilidad. Fue, en muchos órdenes de su actividad y su pensamiento, aunque te parezca paradoja, el mal del Vinci. Le faltó aquella noble fuerza de vulgaridad, a lo Miguel Ángel, que hace posibles las creaciones humanas.
—Las revistas —repuse— anunciaban meses atrás la Égloga de los ciegos.
Y el Maestro Rodrigo, sonriendo y como mirando al vacío, sin duda contemplando un sueño, me dijo:
—Sí, la Égloga de los ciegos. Los personajes tenían nombres simbólicos: Máximo, venerable ciego de nacimiento, que era completamente feliz porque nunca conoció la luz y descansaba, con el optimismo del ignorante, en la confianza de los demás: todos lo llevaban por el buen camino, de mano en mano; Primitivo, ciego por accidente, patético, que lloraba siempre el bien perdido; Segundo, ciego con vislumbres, horrible, gesticulante, y naturalmente lleno de ideas falsas por contaminación entre las oscuridades y los destellos, el más parecido a todos los hombres; Cándida, hermosa ciega oracionera, víctima de los apetitos de Blas; y Blas (nombre de rústico en la Comedia Española), un falso ciego, donoso y canalla, que explotaba la piedad de los señoritos limosneros.

La escena es algo como una madrileña Plazuela del Conde Barajas, que huele a aburrimiento y a crimen escondido. La obra fue planeada en París, el 19 de abril de 1925 y olvidada por muchos años.
Hace sol. Jardín público entre casas con persianas cerradas. Una hora estática del día. Durante el tiempo de la fábula, los árboles paran el giro habitual de su sombra, aquietándose como relojes en éxtasis. Árboles de estío, cenizos, de varas híspidas. Uno que otro pájaro raya el estaño del cielo, chirriando como una matraca voladora: tiene sed.
La tierra, apretada, deja ver las huellas de unos pies que van y vienen. La vulgaridad cerrada de las cosas les da un aire de monumento.
La estatua vacía, consagrada al tedio, salta para siempre en un pie, sobre el montón de lodo esculpido de una fuente. El último vómito de agua que echó por la boca le ha pintado unas boqueras de sal.