Vía Crucis

Book Information

Serie: Narrativa 29
ISBN ebook: 9788490074220
ISBN papel: 9788490077245
Páginas: 172
Portada: Ruinas del ingenio La Demajagua
Prólogo de: Joaquín Navarro Riera
Notas de: Emilio Bacardí Moreau
Category:Narrativa
Author:Emilio Bacardí
Categorías: Ediciones anotadas, Literatura colonial Etiquetas: Cuba, Latinoamérica, Siglo XIX

Descripción

La novela Vía Crucis narra el esplendor y la caída de los hacendados cafetaleros cubanos a través de una familia de inmigrantes. La historia se desarrolla durante el período revolucionario de 1868-1878, y muestra los infortunios de la sociedad cubana desde el grito de Yara hasta el Pacto del Zanjón. Emilio Bacardí respiró el trasfondo histórico que expone en su obra y por tanto es un testimonio directo de lo que se vivió en aquella etapa de lucha independentista en la ciudad de Santiago de Cuba. El narrador logra con eficaz sutileza retratos de personajes en consonancia con las situaciones y conflictos contextuales. Sin dejarse llevar por el apasionamiento, analiza el alma de sus protagonistas y describe la situación moral y material de Cuba durante la Guerra de los Diez Años. Emilio Bacardí interpreta la realidad histórica con la fría exactitud y precisión de un historiador y responde a las exigencias de la novela histórica contemporánea. La novela Vía Crucis fue reimpresa por Amalia Bacardí en Estados Unidos, en 1970.

 

Fragmento de la obra

I

El verano del año 1862 se dejaba sentir en Santiago de Cuba de igual manera que los años anteriores. Corría el mes de junio, y el calor sofocante era el mismo, sin embargo, de las aguas de mayo, que habían sido abundantísimas, y a pesar de la sugestión del enfriamiento de la tierra, teoría en boga más que nunca en aquellos días. No se respiraba ni aun en las horas de la mañana; el calor pegajoso desesperaba hasta después del mediodía, mitigado un tanto a esa hora por la llegada de las leves brisas del mar.
Reclinada Santiago a las faldas de la Sierra Maestra, luce la perenne verdura tropical desde los más altos picos hasta las mismas orillas del mar Caribe que, con arrullo de quejumbrosa tórtola, viene a morir a sus pies. La hoya que principia en el sucio tarayó —especie de charca cenagosa en campo de esmeralda— y termina en la gentil Socapa —dique que contiene y se corona de espumas cuando en él se rompen y deshacen las olas del Atlántico, al llegar embravecidas— forma la preciosa bahía, cuyas aguas, siempre apacibles, se coloran con el intenso azul del cielo que las cubre.
No hay que buscar en la ciudad que fundó Diego Velázquez nada que se relacione con el arte. Constituyen la antiquísima población un conjunto de calles torcidas y de casas embadurnadas de colores chillones, y le da brillantez y alegría ese mismo montón abigarrado de casas que, alumbradas por un Sol primaveral, son un cambiante constante de tonos vivos en una paleta natural. Las empinadas cuestas están empedradas con guijarros, u ostentan el suelo tal como la naturaleza lo formara. Al lado de edificios en buen estado se ven otros en ruina. El polvo abunda en donde el lodo no cubre el pavimento en zanjas más o menos profundas, y por encima de los tejados grises, contrastando con el color oscuro de las tejas, se destaca el verdor de los árboles que se levantan en las distintas lomas en que está escalonada la vieja ciudad. Las torres de las diez iglesias, a mayor altura que los demás edificios, rompen la monotonía de tanta casa igual, y sirven de marco, por el Este, el Hospital Militar y la iglesia de Santa Ana, destacados en el fondo por el Ermitaño y la Gran Piedra cerrando el horizonte; y por el Sur, concluyendo en la batería de Punta Blanca, lleva su cuesta, hasta el mar, el barrio del Tivolí, que, semejante a una fortaleza, domina el arrabal de los pescadores.

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