Viajes por Europa, África y América 1845-1848

Book Information

Serie: Historia-Viajes 377
ISBN ebook: 9788498970920
ISBN papel: 9788498161618
Páginas: 494
Portada: Alessandro Specchi: Prospetto dell'anfiteatro flavio
Categories:Historia, Viajes
Author:Domingo Faustino Sarmiento
Categorías: Cultos modernos, Historia Etiquetas: Alemania, Argentina, Bélgica, España, Estados Unidos, Francia, Inglaterra, Italia, Latinoamérica, Siglo XIX

Descripción

En Viajes por Europa, África y América 1845-1848, Domingo Faustino Sarmiento aprovecha sus múltiples viajes por el mundo para reflexionar sobre los lugares que visita y para buscar modelos de referencia o de rechazo útiles a su actividad política en el continente americano.

 

Fragmento de la obra

Ofrezco a mis amigos, en las siguientes páginas, una miscelánea de observaciones, reminiscencias, impresiones e incidentes de viaje, que piden toda la indulgencia del corazón, para tener a raya la merecida crítica que sobre su importancia no dejará de hacer el juicio desprevenido. Saben ellos que a fines de 1845 partí de Chile, con el objeto de ver por mis ojos, y de palpar, por decirlo así, el estado de la enseñanza primaria, en las naciones que han hecho de ella un ramo de la administración pública. El fruto de mis investigaciones verá bien pronto la luz; pero dejaba esta tarea árida por demás, vacíos en mi existencia ambulante, que llenaban el espectáculo de las naciones, usos, monumentos e instituciones, que ante mis miradas caían sucesivamente, y de que quise hacer en la época, abreviada reseña a mis amigos, o de que guardé anotaciones y recuerdos, a que ahora doy el posible orden, en la colección de cartas que a continuación publico.
Este plan traíalo aparejado la realidad del caso, y aconsejábamelo la naturaleza misma del asunto. El viaje escrito, a no ser en prosecución de algún tema científico, o haciendo exploración de países poco conocidos, es materia muy manoseada ya, para entretener la atención de los lectores. Las impresiones de viaje, tan en boga como lectura amena, han sido explotadas por plumas como la del creador inimitable del género, el popular Dumas, quien con la privilegiada facundia de su espíritu, ha revestido de colores vivaces todo lo que ha caído bajo su inspección, hermoseando sus cuadros casi siempre con las ficciones de la fantasía, o bien apropiándose acontecimientos dramáticos o novedosos ocurridos muchos años antes a otros, y conservados por la tradición local; a punto de no saberse si lo que se lee es una novela caprichosa o un viaje real sobre un punto edénico de la tierra, ¡Cuán bellos son los países así descritos, y cuán animado el movible y corredizo panorama de los viajes! Y, sin embargo, no es en nuestra época la excitación continua el tormento del viajero, que entre unas y otras impresiones agradables, tiene que soportar la intercalación de largos días de fastidio, de monotonía, y aun la de escenas naturales, muy bellas ara vistas y sentidas; pero que son ya, con variaciones que la pluma no acierta a determinar, duplicados de lo ya visto y descrito. La descripción carece, pues, de novedad, la vida civilizada reproduce en todas partes los mismos caracteres, los mismos medios de existencia; la prensa diaria lo revela todo; y no es raro que un hombre estudioso sin salir de su gabinete, deje parado al viajero sobre las cosas mismas que él creía conocer bien por la inspección personal. Si esto ocurre de ordinario, mayor se hace todavía la dificultad de escribir viajes, si el viajero sale de las sociedades menos adelantadas, para darse cuenta de otras que lo son más. Entonces se siente la incapacidad de observar, por falta de la necesaria preparación de espíritu, que deja turbio y miope el ojo, a causa de lo dilatado de las vistas, y la multiplicidad de los objetos que en ellas se encierran. Nada hay que me haya fastidiado tanto como la inspección de aquellas portentosas fábricas que son el orgullo y el blasón de la inteligencia humana, y la fuente de la riqueza de los pueblos modernos. No he visto en ellas sino ruedas, motores, balanzas, palancas y un laberinto de piecesillas, que se mueven no sé cómo, para producir qué sé yo qué resultados; y mi ignorancia de cómo se fabrica el hilo de coser ha sido punto menos tan grande, después de recorrer una fábrica, que antes de haberla visto. y sucede lo mismo en todos los otros ramos de la vida de los pueblos avanzados; el Anacarsis no viene con su ojo de escita a contemplar las maravillas del arte, sino a riesgo de injuriar la estatua con solo mirarla. Nuestra percepción está aún embotada, mal despejado el juicio, rudo el sentimiento de lo bello, e incompletas nuestras nociones sobre la historia, la política, la filosofía y bellas letras de aquellos pueblos, que van a mostrarnos en sus hábitos, sus preocupaciones, y las ideas que en un momento dado los ocupan, el resultado de todos aquellos ramos combinados de su existencia moral y física. Si algo más hubiera que añadir a esto, sería que el libro lo hacen para nosotros los europeos; y el escritor americano, a la inferioridad real, cuando entra con su humilde producto a engrosar el caudal de las obras que andan en manos del público, se le acumula la desventaja de una prevención de ánimo que le desfavorece, sin que pueda decirse por eso que inmerecidamente. Si hubiera descrito todo cuanto he visto como el Conde del Maule, habría repetido un trabajo hecho ya por más idónea y entendida pluma; si hubiese intentado escribir impresiones de viaje, la mía se me habría escapado de las manos, negándose a tarea tan desproporcionada. He escrito, pues, lo que he escrito, porque no sabría cómo clasificarlo de otro modo, obedeciendo a instintos y a impulsos que vienen de adentro, y que a veces la razón misma no es arte a refrenar. Algunos fragmentos de estas cartas que la prensa de Montevideo, Francia, España o Chile han publicado, dan cumplida muestra de aquella falta de plan que no quiero prejuzgar; si bien me permitiré hacer indicaciones que no serán por demás, para excusar su irregularidad. Desde luego las cartas son de suyo género literario tan dúctil y elástico, que se presta a todas las formas y admite todos los asuntos. No le está prohibido lo pasado, por la asociación natural de las ideas, que a la vista de un hecho o de un objeto despiertan reminiscencias y sugieren aplicación; sin que siente mal aventurarse más allá de lo material y visible, pudiendo con propiedad seguir deducciones que vienen de suyo a ofrecerse al espíritu. Gustase entonces de pensar, a la par que se siente, y de pasar de un objeto a otro, siguiendo el andar abandonado de la carta, que tan bien cuadra con la natural variedad del viaje.