Vida de Ignacio Agramonte

3.00

Número de serie: Historia 99
ISBN ebook: 9788490074541
ISBN papel: 9788490077566
Páginas: 312
Edición anotada: Juan José Expósito Casasús
Tablas informativas: Juan José Expósito Casasús
Ilustrador: Juan José Expósito Casasús
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Descripción

La Vida de Ignacio Agramonte de Juan José Expósito Casasús constituye un mito de la cultura cubana. Durante generaciones en las escuelas de la Isla se cuentan las hazañas de Agramonte como parte de un ciclo de relatos que para los cubanos parece tener dimensiones épicas.
Esta Vida de Ignacio Agramonte recoge parte de las cartas que intercambiaron entre sí Agramonte y Amalia, el amor de su vida. Asimismo, entre documentos militares que informan de las operaciones de la guerra de independencia cubana, la lucha contra fuerzas más numerosas y mejor equipadas, la inventiva para sortear con astucia estas desventajas, llaman la atención los capítulos en que se refieren las polémicas entre los revolucionarios cubanos sobre el modo de gobernar la república y sus instituciones democráticas. Asimismo merecen interés los Decretos y documentos constitucionales aquí incluidos y, en particular, los de Agramonte. En este periodo de la historia cubana se proclama la abolición de la esclavitud y una nueva Constitución para una Cuba que se debatía entre un modelo dictatorial de gobierno en plena guerra y el ideal de Republicano y democrático defendido por Agramonte.

Imprenta Ramentol, Camagüey, Cuba, 1937.

 

Fragmento de la obra

El siglo XIX se abre, para la historia universal, con la promulgación de las ideas revolucionarias que en Francia abaten al último Capeto del XVIII y con el glorioso triunfo de los patriotas americanos del norte. Ambos éxitos de la Justicia tienen como poderoso propulsor a los altos estudios filosóficos, que hallan su más precipuo exponente en Juan Jacobo Rousseau, quien encarna, de modo magistral, el espíritu de su época. Él sometió al estudio frío, sereno, desapasionado de la investigación filosófica, las instituciones políticas y jurídicas de su tiempo advirtiendo, como ocurre siempre bajo los regímenes tiránicos, la incongruencia entre el derecho histórico y el derecho natural, entre la realidad jurídico-positiva y la auténtica justicia. De aquí que su pueblo, con aquella admirable intuición que poseen las masas, aceptara la doctrina como el evangelio de sus luchas. Por ello en la mesa de las asambleas revolucionarias se hallaba el código de los franceses, un ejemplar del Contrato social. Se había confirmado el apotegma de Plutarco: «la muchedumbre ama a los justos, a ellos se entrega y en ellos confía». Augusto Comte, hablando de aquel período glorioso, dijo: El Contrato social, inspira una confianza y veneración mayor que la que jamás tuvieron la Biblia y el Corán. Systeme de politique positive. Y Maine, en el Ancien Droit: «No hemos visto en nuestro tiempo y el mundo no ha visto más que una o dos veces, durante todo el curso de los tiempos históricos, trabajos literarios que ejercieran tan prodigiosa influencia, sobre el espíritu de hombres de toda suerte de caracteres y de todos los matices intelectuales, como aquellos trabajos publicados por Rousseau desde el 1749 al 1762». Los hombres de América se alzaron al reclamo de aquellas voces de justicia, y pocos meses después del primer cuarto de siglo España rendía su espada, en la rota de Ayacucho, a uno de los más jóvenes y brillantes generales de Bolívar.
Y así llegamos al período preliminar de nuestra guerra grande en que fulge la luz purísima de aquel astro cuyo estudio comenzamos.
El biógrafo debe dirigir su mirada hacia los primeros días del descubrimiento, que encontraron la raza autóctona, producto genuino de nuestro clima. Cada vez que pienso en estos sencillos y buenos pobladores de mi patria y en el doble crimen de la conquista, exterminándolos, en los primeros cincuenta años, e inyectando en el tronco joven y en formación de mi pueblo dos razas, inferiores y heterogéneas, no puedo menos que condenar y maldecir la criminal codicia de los conquistadores de mi tierra. Yo pienso con melancolía en el tronco étnico que hubiera producido la natural y humana fusión de estas dos razas, española y siboneya, en una única alimentada a diario con elemento nuevo y vigoroso de la Península. Cuando la obra, que tiene como símbolo aquellos desquiciados de Vasco Porcallo de Figueroa y Pánfilo de Narváez, tuvo remate, dio principio la importación de negros y chinos que no terminó hasta el último cuarto del siglo XIX. Y es durante los cuatro interminables siglos de dominación el único afán de la Metrópoli sacar de esta Isla infortunada el mayor provecho económico posible. Para ello se aherroja al país, a fin de que sufra, atado a la impotencia, la inicua explotación a que se le somete. De aquí que, como ha dicho un historiador chileno Arteaga Alemparte, la historia del coloniaje ofrezca en su cronología muy poca importancia pues un día, un mes, un año son iguales a todos los días, los meses y los años. «El tiempo se desliza por entre una aglomeración de nombres inertes y silenciosos, como la corriente de un río por su lecho de tierra y de guijarros, la existencia humana, privada de su iniciativa, de su voluntad inteligente, de sus nobles entusiasmos, degenera en una especie de vegetación humana.» Y así llega, para nosotros, el año 1762, en que la armada inglesa conquista La Habana, abriendo un nuevo período histórico en la vida cubana y revelando al mundo los valores de esta tierra. España al reconquistarla tiene el buen sentido de enviar a la colonia, que había inmolado en raro ejemplo de fidelidad cientos de sus hijos, defendiendo la corona, verdaderos gobernantes, pues se abre el cielo del conde de Rycla, Bucarely, don Luis de las Casas, don Nicolás Mahy, el marqués de Someruelos, dueños de aquellas condiciones de talento y probidad, únicas que pueden revestir de pura autoridad al hombre de gobierno, según promulgaba con ejemplar sabiduría la filosofía de los siglos pasados olvidada, al parecer, en el presente. Durante este período, según apunta acertadamente Vidal Morales, como la bondad de los gobernantes, atenuaba el riguroso yugo de explotación mentado, los cubanos no intentaron romper los lazos que les unían a la nación colonizadora. Así vemos abortar el plan de Román de la Luz, denunciado a las autoridades españolas por el propio sacerdote que confesara a su mujer y perecer, en 1809, al enviado de José Napoleón, de apellido Alemán y de naturaleza mexicana, preso y ahorcado, después de convicto y confeso ante el juez que lo mandó a la horca, el mulato don Francisco Filomeno, después marqués de Aguas-Claras.

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